(Y otras cosas que tienen poco o nada que ver con la ficción).

Por Antonio Postigo Meza.



lunes, 1 de abril de 2013

Mínimo Cuento VIII. (Lo que pasó después).

El niño abrió la puerta del contenedor, para lograrlo tuvo que utilizar todo el peso de su cuerpo. Lo hizo con bastante dificultad pero su padre ya le había enseñado cómo hacerlo. Sus brazos y piernas temblaban ante el esfuerzo que supuso esa gran hazaña. Salió del contenedor, frente a él estaba el calcinado cuerpo de su padre, quien días antes lo había arrojado al interior, cerrando el contenedor. Nada quedaba para reconocer al hombre, era un cuerpo sin identidad, pero el niño sabía que era su padre. Caminó un poco, hacia los restos de la casa, ahí se encontró con los cuerpos de su madre y su hermana mayor, estaban abrazadas, unidas por lo que parecía ser la última señal de afecto que había quedado en el mundo antes de la explosión. Levantó la vista, hacia el cielo, estaba obscuro y caían cenizas. Trató de recordar lo que su padre le dijo mientras corrían hacia el contenedor. ¿Cuánto tiempo tenía que estar ahí? No podía recordarlo, pero sabía que debía esperar al menos un par de días. El niño tenía dificultad para respirar, ya no quedaba nada a su alrededor, solamente el contenedor y los víveres que su padre había preparado. Después de una mueca, el niño se rasco la cabeza, lo que había ahí afuera no le gustaba. Caminó de regreso al contenedor, entró rápidamente y cerró la puerta.

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