(Y otras cosas que tienen poco o nada que ver con la ficción).

Por Antonio Postigo Meza.



lunes, 1 de abril de 2013

Mínimo Cuento VIII. (Lo que pasó después).

El niño abrió la puerta del contenedor, para lograrlo tuvo que utilizar todo el peso de su cuerpo. Lo hizo con bastante dificultad pero su padre ya le había enseñado cómo hacerlo. Sus brazos y piernas temblaban ante el esfuerzo que supuso esa gran hazaña. Salió del contenedor, frente a él estaba el calcinado cuerpo de su padre, quien días antes lo había arrojado al interior, cerrando el contenedor. Nada quedaba para reconocer al hombre, era un cuerpo sin identidad, pero el niño sabía que era su padre. Caminó un poco, hacia los restos de la casa, ahí se encontró con los cuerpos de su madre y su hermana mayor, estaban abrazadas, unidas por lo que parecía ser la última señal de afecto que había quedado en el mundo antes de la explosión. Levantó la vista, hacia el cielo, estaba obscuro y caían cenizas. Trató de recordar lo que su padre le dijo mientras corrían hacia el contenedor. ¿Cuánto tiempo tenía que estar ahí? No podía recordarlo, pero sabía que debía esperar al menos un par de días. El niño tenía dificultad para respirar, ya no quedaba nada a su alrededor, solamente el contenedor y los víveres que su padre había preparado. Después de una mueca, el niño se rasco la cabeza, lo que había ahí afuera no le gustaba. Caminó de regreso al contenedor, entró rápidamente y cerró la puerta.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

En la antigüedad...

“En la antigüedad, cuando alguien tenía un secreto que no podía compartir con nadie, subía a una montaña y buscaba un árbol. Cuando lo encontraba, tallaba un hueco en el tronco del árbol y vertía su secreto dentro del hueco. Luego tapaba el hueco con barro y se iba. Así, su secreto estaría escondido para siempre”.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Mínimo Cuento VII.

Él ya tenía aproximadamente quince minutos mirándola desde el otro lado del lugar. Ella bailaba alrededor de sus amigas y reía de vez en cuando. Necesito que esté sola, pensó mientras le daba un sorbo a su cerveza. Pasaron otros quince minutos y finalmente, las amigas de ella hicieron un viaje comunal al baño. Ella se quedó completamente sola, seguía bailando pero ya no se reía de vez en cuando. Él se acerco velozmente hasta encontrarse frente a frente con ella.
--¿Quieres bailar? -- le preguntó al mismo tiempo que comenzaba a bailar de una forma bastante ridícula.
Ella lo miró de pies a cabeza, soltó una risita que no tuvo mucho espacio entre la escandalosa música.
--No, gracias --le contestó y salió huyendo en busca de sus amigas, que seguramente seguían en el baño.

Mínimo (Lo que sea) I. (La guerra y el rifle).

Fue en los años después de la guerra que a los niños, que cumplían ocho años, se les enseñaba a disparar con un rifle. Además, debían aprender todas las técnicas y tácticas aprendidas por sus antepasados. Para los padres era una forma de mantenerse siempre vigilantes ante la posibilidad de otro conflicto armado. Sin duda, se trataba de una fobia colectiva que se transmitía de una generación a otra, una guerra a esa escala era ya imposible en esos momentos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Mínimo Cuento VI. (La plaga).

Aquello que sentía era una plaga, le invadía el cuerpo y los sentidos. Pasó sus manos por su abdomen y soltó un breve suspiro, seguido de un pequeño susurro que pronto se convirtió en silencio. Todo era silencio, pero sus sentidos seguían recibiendo esas señales, su cuerpo no dejó de vibrar.
¿Tendrá esto un final? Se preguntó mientras la intensidad de aquella plaga se hizo mayor, comenzó a perder los sentidos. Primero la vista, el oído, el olfato, lo último fue el gusto, no podía sentir el sabor de su propia lengua dentro de su boca, pero el tacto continuaba ahí, no dejaba de sentir aquella plaga. Estaba completamente invadida, derrotada. El tacto se iba y regresaba momentos después para recordarle que lo que sentía era dolor. No podía ver, pero sus ojos continuaban abiertos, apuntando hacia la nada. Después, el tacto la abandonó por completo, la plaga le había quitado los sentidos. Un par de segundos más tarde, la plaga se llevó su consciencia, su espíritu y todo lo demás.