(Y otras cosas que tienen poco o nada que ver con la ficción).

Por Antonio Postigo Meza.



jueves, 5 de mayo de 2011

Todo lo que tengo no existe en la realidad.

Al despertar, se dio cuenta de que nada de lo que había sucedido fue real. Se sintió estúpido al haber tenido tantas esperanzas mientras soñaba. Era uno de esos sueños que indican que todo estaría mejor, que las cosas tomarían un rumbo distinto, un rumbo con toda la felicidad que había buscado desde hace tanto tiempo. Ahora, que volvía a la realidad, las cosas poco a poco volvían a estar mal, muy mal. Rápidamente recordó los problemas del día anterior, de la semana anterior y los nuevos problemas ya se veían venir sobre la delgada línea que separa al futuro del presente. Las cosas estaban mal, especialmente porque al estar despierto siempre tendría el recuerdo de un mundo mejor.
Todo lo que tengo no existe en la realidad, pensó mientras se levantaba de la cama y miraba a su alredor. La habitación era pequeña, pero no demasiado pequeña. Tenía espacio suficiente para sentirse bien, podía tener todas sus cosas ordenadas sin que todo se viera muy amontando. La noche anterior había desarreglado todo buscando una fotografía, buscaba una imagen que al fin le diera rostro a la mujer que tanto veía en sus sueños. Poco sabía de ella, por lo tanto, poco hablaba de ella, sentía que era más real que todos los muebles en su apartamento, pero no la conocía, ni tenía una imagen clara de su rostro ni un tono preciso de su voz. Pasó la noche buscando, pero no tuvo éxito, se quedó dormido y el cuarto quedó hecho un desastre. Miraba los cajones abiertos, la ropa tirada por todo el piso, algunos libros, montones de fotografías por todo el lugar. ¿Es éste el mundo real? ¿No es más real aquel mundo en donde soy feliz?
Las preguntas iban y venían mientras caminaba al baño. El resto del apartamento estaba desordenado, la búsqueda no se había limitado a la habitación, también la sala sufrió las consecuencias y al caminar tuvo que brincar algunos cajones que estaban tirados en el piso. Recogió algunas revistas y recortes en un par de cajas, y las acomodó junto a otro grupo de cajas que tenían el mismo contenido. Ya llevaba mucho tiempo recolectando imágenes que pudieran ser utilizadas en los sueños, con el objetivo de hacer las cosas mucho más claras, le servía mucho observar imágenes precisas antes de dormir para así incluirlas en el sueño. Todo eso era parte de un control que había ido desarrollando desde que era apenas un niño, las cosas nunca salían tan bien, regularmente terminaba teniendo pesadillas a causa de imágenes mal encausadas pero con el tiempo había aprendido a elegir las imágenes con cuidado. Por eso era que la búsqueda de una imagen para ella era tan difícil, las cosas podían salir mal y ella podría perderse en una pesadilla que repetiría cada noche, así que prefería no saber mucho de ella, al menos no por ahora. No mientras las cosas fueran tan confusas cada noche.
El agua de la regadera era muy fría, el calentador no servía, pero así era mejor. Así despertaba por completo y podía tener la completa seguridad de que estaba en el mundo real. Al bañarse, trato de armar las imágenes, ideas y sensaciones que tomaron lugar mientras dormía, era siempre muy difícil pero ya tenía buena experiencia. Ella siempre fue lo más complicado. Si lo hacía bien, podía recordar una mano o algún segmento de su cintura que le gustara mucho, pero el rostro siempre era borroso. Alguna vez, hace unos meses, pudo recordar su cabello, pasó horas sobre la cama recordando el aroma y la suavidad. Aún ahora lo seguía recordando, el recuerdo ya era difuso pero se sostenía a éste con gran fuerza. Era sin duda la imagen más valiosa que tenía de ella, el cabello de un tono oscuro le daba una pista concreta para buscar esa imagen que tanto quería.
Pasó mucho tiempo bajo el agua fría, sentía la mente clara y ya estaba completamente despierto, finalmente cerró la llave de la regadera y tomó una toalla para secarse.
Al salir del baño notó que la casa estaba limpia, todo estaba en su lugar.
Las cajas bien acomodadas en la sala y en su habitación la ropa estaba dentro de los cajones, las fotografías estaban ordenadas sobre el escritorio.
Miró todo un momento pero no se le hizo para nada extraño, recordó que había ordenado algunas cosas antes de bañarse. Buscó un pantalón, camisa y demás prendas para vestirse. Sus ropas eran cómodas y por un instante se sintió mejor que nunca.
Recorrió el apartamento hasta la cocina, revisó el refrigerador y sacó un par de huevos, un poco de jamón y queso. Encendió la estufa y revolvió los huevos con el jamón y el queso, echó un poco de aceite en el sartén y echo la mezcla cuidadosamente, con una cuchara removió bien todo para que no quedara nada en el plato hondo.
Calentó agua mientras el huevo quedaba listo y se preparó un té negro, puso en el tostador dos rebanadas de pan y les unto mantequilla. Comió el huevo y el pan, dándole pequeños sorbos al té que aún estaba muy caliente.
Lavo el sartén y los platos, ordenó la cocina y guardo el aceite, la caja del té y demás cosas pertenecientes a la pequeña alacena.
Cogió una chamarra gruesa de su cuarto, pero desde la ventana vio los fuertes rayos del sol que quemaban las aceras de la calle, cambió la chamarra por un suéter delgado, salió a la calle y todo estaba tranquilo.
Unos perros cruzaban la calle, se correteaban el uno al otro, tratando de morderse la cola y el cuello, eran juguetones. Los miró y sonrió hasta que los perros siguieron avanzando y desaparecieron al final de la cuadra. El sol era intenso, levantó la mirada y sintió sobre su rostro y sus ojos los rayos del sol que le dieron una agradable vitalidad. Sintió un alivio que lo invadía como electricidad circulando por su cuerpo, tal vez las cosas no estarían tan mal, pensó mientras la esperaba sobre la acera.
Minutos más tarde llegó ella y se saludaron con gran afecto, ella puso sus delgados brazos alrededor de su cuello y le dio un beso en la boca y otro en la mejilla. Se dieron otro par de besos y se fueron caminando.
Visitaron sus lugares favoritos, ya tenían planeada la cita desde hace unos días y sabían muy bien lo que harían, estaban a favor de la espontaneidad pero un poco de control sobre las actividades era siempre bienvenido. Caminaron por las calles de la ciudad tomados de la mano, disfrutaron de una buena comida e hicieron algunas compras.
Tuvieron un gran día, todo estaba bien. Cada beso le daba espacio al siguiente y se miraban a los ojos detenidamente, no había nada más que ver, ni siquiera las maravillas de la ciudad superaban esos ojos y esos besos.
¿Es ésta la realidad? Se preguntaba él mientras caminaban por la acera de regreso a casa, ella lo miraba a cada momento y a cada momento se detenían para besarse y retomar la mirada que había sido interrumpida unas cuadras atrás. Un buen día, sin duda. Un día sin problemas ni contratiempos, simplemente un buen día.
Después de un rato caminando, llegaron a la casa, era momento de despedirse, él miraba su rostro y ella le devolvía la mirada. Le sonrió y le dio otro par de besos, uno en la mejilla y otro en la boca. Pasaron un rato platicando sobre la próxima cita, apenas se conocían pero ya sabían que estaban enamorados, sin dudas ni segundas opiniones.
Finalmente, ella se despidió, vivía muy cerca así que podría caminar a su casa, él la invito a pasar, pero ella no acepto. Ya era tarde y era momento de regresar.
La vio caminar por la acera, cruzó la calle y llegó a la otra acera, siguió caminando hasta que la perdió de vista.
Buscó en sus bolsillos las llaves, y fue ahí cuando se dio cuenta de que ya tenía la imagen perfecta para ella, había visto tanto su rostro que no podría olvidarlo. Iría a dormir inmediatamente y ella al fin tendría un rostro y una voz. Rápidamente, abrió la puerta, dejó las llaves sobre una pequeña mesa y corrió a su habitación.
Al despertar, se dio cuenta de que nada de lo que había sucedido fue real.
Todo lo que tengo no existe en la realidad, pensó mientras se levantaba de la cama y miraba a su alrededor.                                                             
FIN.

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